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Los rezagados de la dolarización: el caso de Coro

9 agosto, 2019

especial Raquel Chirinos / 8 ago 2019.- La dolarización se extiende a cada vez más productos y más rincones del país. A su paso, sin embargo, va dejando rezagados. Trabajadores, amas de casa, adultos en general que ganan en bolívares, más específicamente el salario mínimo de 40 mil bolívares y el bono de alimentación de 25 mil bolívares.


Un ejemplo lo tenemos en Coro y Punto Fijo donde solamente un pequeño grupo de empresas – bancos, macro mercados y cadenas de farmacias – ha ajustado sus salarios por encima del mínimo.

Pero esas son excepciones.

En Falcón, un estado que depende económicamente en más de un 90% de la administración central en Caracas, las personas que ganan el salario mínimo se las ven negras para comprar alimentos y difícilmente pueden cubrir los gastos de medicinas – además de que la mayoría de las instituciones públicas eliminaron el Seguro de Hospitalización y Cirugía.

“Ya no dan para más los ingresos de los que vivimos de un salario”, comenta Olga Colina, quien labora en el sector privado y cuya camioneta no funciona por una falla en el embrague. Así es que le toca ir y volver a pie de su trabajo.

¿Entonces, cómo hacen?

Sobreviven los que matan tigres. Los que se rebuscan en más de un empleo, algunos formales y otros como freelancers, o que suman las pensiones y los salarios de todos los adultos de una misma vivienda.

Otros han optado por pedir su jubilación, solicitar reposos o permisos indefinidos y dedicarse a hacer otros oficios como tapicería, mecánica o peluquería, que les generan muchos más ingresos de lo que ganan como empleados.

Los de tapicería y mecánica cobran en dólares, las peluqueras, con los planchados y cortes resuelven la comida del día y los otros gastos que les demanden los hijos: uniformes, útiles, distracción.

“Yo estoy de vacaciones y voy a pedir otras (vacaciones) que me deben y me dedico a la mecánica. No es negocio ir a la oficina si ya no nos pagan ni los viáticos”, comenta el chofer de una secretaría de la Gobernación.

Hay pensionados y empleados con familiares que les envían remesas, e inclusive amigos “solidarios” que también desde el exterior les envían “ayuda humanitaria”.

En las calles y casas se ven signos de ventas. “Se vende cocuy”, es un aviso bastante común. “Se vende Caroreña”, la sangría nacional, es otro anuncio.

Recorrer varios negocios para proveerse de verduras y hortalizas es también una rutina diaria. Estos sitios abundan en la ciudad, y a todos los llaman “los gochos”. Hay unos pocos que tienen ofertas un día a la semana y así las amas de casa aprovechan para proveerse de las ramas verdes y algunas hortalizas.

Ferias de hortalizas son una opción, sobre todo los días de las ofertas, o los días en que ha recién llegado la cava con productos frescos

“Con esto que llevo aquí, un bello ramo de ajo porro, perejil, cilantro, más papas, cebolla, resuelvo toda la semana hasta el próximo martes”, expresa un ama de casa que se levanta de madrugada para ir desde el vecino municipio Colina a Coro a comprar en una feria de hortalizas que rebaja los precios los martes, para reponer mercancía los miércoles.

La carne y el pollo, para quienes reciben remesas o se mueven en el mundo de la compra y venta de mercancía para revender, lo pueden comprar por kilo, pero una obrera no. Ya se está comprando por medio kilo o cuarto de kilo aunque sea una familia de cuatro (papá, mamá y dos hijos).

“Compré 10 mil bolívares de carne molida y 10 mil de pollo”, dice Emilia, personal de mantenimiento en una empresa privada.

El lunes 29 de julio la carne molida en la cadena Lhau estaba en 25 mil bolívares y el pollo a 24 mil bolívares. Ahí compró Emilia. Ella gana salario mínimo y CestaTicket. “Para esto me alcanzó. Ah, y para una Harina Pan, a 12 mil bolívares”. Por 10 mil bolívares lleva para su casa dos muslos de pollo.

Emilia anda buscando chamba para trabajar como personal doméstico los sábados, que es su día libre, y aspira a que le paguen 15 mil bolívares el día, que equivale al 37.5% del salario mínimo mensual en su trabajo formal.

Un empleado en un medio de comunicación social, diagramador, prefirió desde el 2018 dejar ese empleo y ponerse a vender pescado a crédito. Los lleva los lunes a las oficinas o casas y los cobra el viernes de la misma semana. Va a Río Seco y Zazárida, en el municipio Miranda, negocia con los pescadores en efectivo y llena la cava de pescado.

Esos pescadores aceptan también trueque de pescado por pasta, arroz, harina de maíz y/o aceite comestible.

Josgledis trabaja como mesera en una panadería. Allí gana salario mínimo y CestaTicket más un bono en bolívares, pero lo que en realidad la solventa en la semana son las propinas de los clientes. Allí puede recaudar hasta 20 mil bolívares en cinco días:

“Eso es más de lo que gano de salario”. Trabaja en el turno de dos de la tarde a nueve de la noche. Utiliza las mañanas para salir a comprar lo que requiere en la casa y hacer labores del hogar. Lo que gana lo gasta en comida en otros locales en el centro de la ciudad: “Salgo a comprar en otros locales más económicos, y a veces dejo algo aquí si compro pan, pero normalmente me voy a recorrer los mercados”.

La hija de Josgledis trabaja en el mismo local como cajera. Las dos solventan las necesidades de la casa.

Ir a Colombia y regresar

Es común ver también a quienes tienen su empleo formal aprovechar vacaciones o días libres para ir a Maicao a comprar alimentos, productos de higiene y hasta medicamentos; y luego publican en las redes sociales la venta de blísters de acetaminofén, amoxicilina y otros medicamentos a buen precio; los venden en bolívares, calculando la ganancia en pesos colombianos. Se ve en WhatsApp a médicos y docentes universitarios en esa práctica.

Pululan también en las oficinas públicas y privadas personas vendiendo dulces de repostería: Un paquete de 10 galletas por siete mil bolívares; pedazos de torta por nueve mil bolívares.

Hacer talleres de repostería es la alternativa de muchas amas de casa y profesionales, inclusive hombres que antes se daban el gusto en Milhojas ahora optan por hacer su merienda en casa. Van al mercado viejo y compran la harina de trigo en 9.900 bolívares, más los otros ingredientes y así pueden conservar algunas costumbres de las “familias de la Coro de ayer”, antes de Maduro. Es lo que hace Gabriel Contín para que la “revolución no le quite las buenas costumbres” a un jubilado de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda acostumbrado a vivir como clase media.

En esa universidad duran hasta dos quincenas sin cobrar y aún les deben el bono de alimentación y las vacaciones. Cuando las cobran ya se ha devaluado, por lo tanto proliferan los grupos de compra y venta en Facebook donde hay profesionales vendiendo celulares, medicamentos, repuestos y otros bienes en dólares, y donde también se negocian los dólares que obtienen por esas ventas.

Bonos y revender

El portero de un expendio de comida gana 22 mil bolívares si trabaja los siete días de la semana desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche, más un bono de 50 mil bolívares. Luis cuenta que si libra un día a la semana, el bono baja a 45 mil bolívares.

En ese día libre se va a Punto Fijo a comprar ron y lo vende en Coro al doble de lo que le cuesta cada botella. A veces revende en dólares celulares que le traen del exterior. Se ve relajado, tranquilo, como si la hiperinflación no lo agobiara.

También se observa a docentes y otros empleados administrativos de las universidades, que solían ser de los mejores pagados en la administración pública y con excelentes beneficios, vendiendo en las redes sociales combos de comida y de aseo personal de productos traídos de Colombia.

Hay otro personal universitario, inclusive los que han ocupado altos cargos de coordinación en universidades públicas no autónomas, que han optado por renunciar a su trabajo y elegir el camino del comercio: “Yo me fui hace tiempo, abrí un puesto de venta de artículos personales y de cosméticos y ahora me dedico a eso”, dice Gleidys Chávez. “Yo tengo vocación pero con esos suelditos no se puede vivir”.

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