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opinión

Rescate de la imagen heroica

24 enero, 2019

Los analistas políticos focalizados en la cuestión castrence coinciden en que la Fuerza Armada está fraccionada, según algunos, prácticamente disuelta; el poder primitivo de la dictadura se fundamenta sólo parcialmente en la lealtad o complicidad de los militares; su soporte más firme está en los colectivos facinerosos, en el espionaje del G2 y en la siniestra policía política, Sebín.

No obstante, incluso en esas condiciones, los militares son los controlan el poder primitivo «en serio», en el sentido de ser las armas más efectivas y del entrenamiento para operarlas.

La descomposición aludida es un hecho. Tanto como prácticamente todos los demás sectores de la sociedad venezolana el estamento militar se encuentra en estado de anomia (del griego a, «ausencia de» y nómos «ley, orden, estructura»): la falta de normas. Se caracteriza por una pérdida o supresión de valores morales, religiosos, cívicos… junto con las sensaciones asociadas de la alienación y la indecisión. Y esta disminución de los valores conduce a la destrucción y la reducción del orden social. Este estado lleva al individuo a tener miedo, angustia, inseguridad e insatisfacción. Anomia significa una desviación o ruptura de las normas; se hace sentir en las sociedades o grupos en el interior de una sociedad que sufren un caos debido a la ausencia de reglas de buena conducta comúnmente admitidas, implícita o explícitamente, o peor: debidas al reinado de reglas que promueven el aislamiento o incluso el pillaje más que la cooperación.

Los sociólogos nos hacen ver que la anomia aparece cuando el entorno social asume cambios significativos; generalmente cuando se abre una brecha profunda entre las ideologías y valores comunes enseñados y la práctica en la vida diaria. Exactamente las condiciones presentes en el contexto de la sociedad venezolana actual.

La anomia se hace evidente a través de las conductas de las personas que forman una comunidad. En el ámbito castrence las solicitudes de baja entre oficiales se multiplican, asimismo las deserciones de elementos de tropa; hace poco la prensa hizo eco del grotesco caso de un efectivo que desertó llevándose consigo su arma de reglamento y municiones, y pacíficamente se fue a su casa, porque probablemente su propósito era vender esas cosas para comprar algo de comer. Sin que los medios sometidos a la censura impuesta por la dictadura lo refrenden, corren rumores de agrupamientos militares que han hecho explícita su distancia del régimen. Hay centenares de oficiales presos y torturados, hambruna entre la tropa, moral en cero, delincuencia ejercida por uniformados, indiferencia y complicidad con la criminalidad común, cada día más desatada e impune; paranoia generalizada entre la oficialidad como efecto del acoso del espionaje cubano; generales, almirantes y oficiales superiores honorables desplazados de cargos de mando. Nadie se atreve a expresar desacuerdo con la cleptocracia castrochavista de inaudita crueldad y cinismo, y aquel sospechoso de disidencia por alguna conducta o delación ─enérgicamente estimulada por los regímenes comunistas─ sin aviso ni protesta va a la ergástula. Es el miedo ─uno de los componentes psicológicos de la anomia─, en lugar de la lealtad o complicidad lo que explica su inercia, su aparente apatía ante la crisis, su silencio, en un momento en el que silencio es complicidad.

Probablemente no todos están podridos, no todos son corruptos, no todos son cómplices ni están involucrados en la alianza con el terrorismo islámico y colombiano ni con el tráfico de drogas. Es el miedo ─un componente psicológico de la anomia─: al castigo brutal, a perder impunidad o el plato de lentejas, el factor clave de la falta de reacción que la gente está pidiendo a grito herido. Lástima, porque se supone que no es un atributo propio de un soldado; pero el hecho es que la imagen del militar venezolano ha cambiado radicalmente a lo largo de nuestra Historia reciente: de figura heroica digna de admiración y respeto, la imagen degeneró en la de agente represor que respalda a la más corrupta e ineficiente dictadura habida en el continente y en actor o cómplice de delitos.

Rescatar la imagen heroica no será fácil, pero es posible, y el comienzo de la restauración está asumir su responsabilidad constitucional e histórica de respaldar a la colectividad civil reconociendo a Juan Guidó como Presidente de transición hacia la libertad.

Desde luego, no es fácil: el régimen no vacila en encarcelar, torturar y matar (¡todavía está fresco el incidente del Junquito!), pero cuando el peligro es grande, la recompensa puede ser inmensa.



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