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opinión

El gran engaño

4 diciembre, 2018

Es lógico que uno se pregunte: ¿cómo es posible que después de tantos fracasos monumentales, de las palpables evidencias puestas a la vuelta de la esquina de miseria, violación de derechos humanos, robos descarados y demás atrocidades, todavía existan políticos que propongan al socialismo comunista y gente que los respalde? México acaba de dar un paso en falso; la masa respondió al mismo discurso falaz, populista y emocional del que se han valido demagogos desde Mussolini y Hitler, Stalin, Mao en el pasado, hasta Castro y Chávez, entre otros, en la Latinoamérica de nuestro presente. Invitar a un individuo excecrado por toda la ecúmene dotada de una pizca de conciencia cívica es, de algún modo, identificarse con él. El principio de aceptar la determinación de los pueblos, como todo valor, tiene sus límites. No puede alegarse cuando el supuesto representante de un pueblo ha perdido su respaldo y se ha transformado en su dictador genocida y nítidamente delincuente. Tanto como no puede alegarse el de libertad de expresión tratándose de comunicaciones que promocionen la esclavitud, pedofilia, nazismo y aberraciones semejantes.

No es una curiosa coincidencia que el lenguaje del ahora Presidente de México esté compuesto por las mismas frases hechas del que fue propio de los sujetos mencionados, y del heredero del chavismo en Venezuela; ni que tanto en su caso como en el del chavismo se le conceda relevancia a los conjuros, ensalmos, encantamientos: es un recurso de seducción y obnubilación considerablemente potente para la masa ignara. Al menos los mexicanos asumieron la brujería en forma explícita y, en un acto de populismo eficiente le dieron protagonismo a los chamanes de los pueblos indígenas del país en la ceremonia de toma de posesión; al fin y al cabo, son los agentes de la fe ancestral de esas étnias. En Venezuela, en cambio, la hechicería ha sido una práctica constante y sistemática durante los últimos veinte años, pero ejercida soterradamente por babalaos cubanos.

Tratándose del respaldo popular a la proposición socialcomunista (clarifico: porque existen otras formas de entender el socialismo sin el fundamento comunista) se explica a partir de un conjunto de factores concatenados, entre ellos la corrupción e indiferencia ante las necesidades populares de la clase dirigente, con su consecuencia de frustración de la masa, y este sentimiento con su secuela de resentimiento social; a lo cual se añade, siendo este quizá el de mayor peso, la ignorancia y simplicidad conceptual de las personas de la base.

Aunque una experiencia personal no es válida para demostrar nada, al menos sirve como pista parea formular hipótesis; mi experiencia personal de varios años viviendo en un ambiente lleno de mexicanos de extracción rural y popular-urbana, gente por lo general honrada, trabajadora y amable, me he formado la idea de que también son personas muy poco informadas de la historia contemporánea; y he apreciado la aludida «simplicidad conceptual» de su razonamiento; viven en un estado psicológico de inmediatez existencial; perciben su entorno inmediato, responden a las necesidades básicas de supervivencia, y lo demás pareciera serles indiferente. Por ejemplo, me correspondió intervenir en un encuentro de latinos. Mi asombro fue mayúsculo al entender que prácticamente nadie tenía la menor idea de que en Venezuela rige una dictadura ni de las condiciones dramáticas por las que pasan mis conciudadanos.

Con razón se ha dicho que la democracia, tal como la practicamos en la modernidad, es un acto fallido, por cuanto deja el poder de decisión de algo tan fundamental como es la dirección de una nación en manos de los menos aptos. La democracia debería ser cualificada, dando más votos a quienes tengan mayores atributos, por cuanto está demostrado que las decisiones tomadas por grupos minoritarios de sujetos bien informados del asunto, con perspectivas más amplias, mejor educación, etc., son mejores que las debidas a agrupaciones masivas indiscriminadas.

Entiendo que al expresar esta opinión me expongo al escarnio; el asunto de la democracia igualitaria es un valor fundamental del pensamiento político moderno y objetarla, uno de los tabúes de nuestro tiempo; por más que sea un punto de vista válido y fundamentado en argumentos científicos.

El otro aspecto: la razón por la cual personas, muchas de ellas ilustradas e inteligentes, asumen el credo socialcomunista es más fácil de entender. Su fundamento es la siguiente hipótesis: El comunismo, socialismo, izquierda o como quiere llamarse, dejó de ser una ideología en el sentido riguroso del término para convertirse en un recurso de alcanzar el poder.

Repito la salvedad expuesta antes: la experiencia personal no sirve de prueba de nada, pero es válida para formular hipótesis; y la anécdota narrada a continuación viene a lugar a propósito de darle sustento a la idea expuesta en el párrafo anterior.

Regresaba de un largo periplo que me llevó a recorrer varios países sometidos al régimen comunista; coincidió con la oportunidad de compartir una botella de whisky con un apreciado amigo, comunista famoso y pensador lúcido. Inevitablemente, le hablé de mi profundo desencanto, por cuanto en esos países nada vi del «paraíso de los trabajadores» ni del «mar de la felicidad», sino todo lo contrario: por todas partes, miseria dura, desigualdad social, represión feroz. Después de consumida media botella y alcanzado el plano del despojamiento de la máscara, me confesó: «Rubén, yo no creo en esa vaina, pero el discurso es muy bueno para llegar al poder. No temas que vas a pasar penurias en el socialismo; gente como tú y yo seremos de la nata».

Y aquí se cruzan las dos vertientes del análisis: valiéndose de los conceptos y procedimientos propios de la «izquierda», los manipuladores políticos logran el respaldo de la masa escasamente ilustrada, conceptualmente simples y existencialismo inmediatista, animada por sentimientos de rencor, ansiosa de revancha… Acceden al poder… y viene la vendimia.



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