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opinión

Isaías Márquez

Compulsión

30 octubre, 2016

El comportamiento del presidente Nicolás Maduro se asemeja a lo que en psiquiatría se denomina compulsión. No resistir seguir haciendo lo que se viene haciendo. Compulsión es el aumento de salarios, aumentos vanos, no estimado sobre bases actuariales y que no considera que la escasez es producto de la falta de productividad y la desinversión, que se agrava a causa de un aparataje burocrático lerdo. Y, también, de funcionarios, incluidos el presidente Maduro, que se cree un emperador romano.

Eso nos lleva al tema del control ciudadano sobre el poder.

La autoridad política, aun reconociendo que emana del pueblo, siempre es falible y requiere control. Según Mobtesquieu, “es una experiencia eterna que todo hombre con poder se incline a abusar del mismo. Llegará hasta donde encuentre límites”.

Una sociedad política bien organizada no deja las cosas a juicio personal del gobernante. El poder y la autoridad política se institucionalizan de modo tal que haya también, políticas que contemplen, controlen y limiten, eficazmente a la autoridad que detenta el poder supremo.

Pues, ante todo, existe la Constitución política de la nación que, limita jurídicamente, el poder y su ejercicio, ya que define, claramente, los deberes y los derechos de los gobernantes y de los gobernados. Y delimita la competencia de las ramas del poder, a objeto de que no haya abusos o predominio de uno sobre otro, sino colaboración respetuosa; aunque también prevé otros mecanismos de equilibrio y control, como por ejemplo: designación de gobernantes por sufragio universal y directo, existencia de los partidos de oposición y la descentralización administrativa, entre otros.

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