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opinión


El Nacional / ND

El goteo indetenible

9 enero, 2011

Desde la mañana aquella del 5 de julio de 1999, cuando Jorge Olavarría con su voz de trueno, ejerciendo de orador de orden en la sesión solemne del Congreso, descargó con valentía implacable contra el recién llegado a Miraflores el más feroz y visionario ataque verbal que presidente alguno haya tenido que soportar en público, hasta el día de hoy, 5 de enero de 2010, cuando escribo este artículo, no ha pasado un solo mes sin que alguien ­una relación íntima, un funcionario cercano, un dirigente amigo o una organización política importante­ le haya retirado su apoyo al protohéroe de Sabaneta.

opinan los foristas

Lo de Olavarría fue tan duro que María Isabel Rodríguez, por entonces primera dama, no lo soportó y abandonó el Palacio Federal, desecha en lágrimas, preguntándose por qué un amigo había incurrido en canallada semejante.

Pronto encontraría respuesta.

Dos años después pedía su divorcio del comandante en jefe.

Luego abandonaba La Casona.

Más tarde, se casaba de nuevo.

Y en 2008, ya convertida en activista de la oposición, lanzaba su candidatura a la Alcaldía de Barquisimeto.

Para ese momento ya era larga la lista de quienes habían abandonado al jefe militar. Primero y premonitoriamente lo hicieron los oficiales Yoel Acosta Chirinos y Jesús Urdaneta Hernández, sus amigos íntimos, socios en la asonada de 1992 y compañeros de cárcel en Yare.

Sin muchas explicaciones, pero dejando claro que no soportaban más los abusos de poder del hombre que se tomó para sí todas las glorias del fallido golpe, recogieron sus maletas.

Más o menos lo mismo hizo el diputado Alejandro Armas una tarde en Miraflores, seguido por Ernesto Alvarenga, dirigente bien formado que venía de la Liga Socialista, y José Luis Farías, procedente del MEP.

Comenzaron a irse los buenos técnicos. Ángel Rangel, de Defensa Civil, uno de los mejores expertos en el área con los que cuenta Venezuela, y Carlos Genatios, el enfant ilustrado del gabinete, dijeron adiós a tiempo con la señal de costumbre. También los políticos y los partidos de la alianza «patriótica». Pablo y Pastora Medina salieron vomitando fuego. El superministro Luis Miquilena, frustrado, con el informe sobre la corrupción de la familia Chávez bajo el brazo. Vladimir Villegas, ex constituyente y ex embajador, hace esfuerzos de seguir hasta que, asqueado, no puede más. Sin tener nada qué ganar se van Leopoldo Puchi y lo que queda del MAS. También Ismael García y el partido Podemos. Y, al final, también se marcha el PPT, encabezado por un grupo de dirigentes que, al parecer, se negaron a cambiar principios políticos por prebendas.

También se fueron yendo los gobernadores. Se fueron de su lado, y ahora los persigue para castigarlos por el pecado, Didalco Bolívar, de Aragua; Ramón Martínez, de Sucre y Eduardo Manuit, de Guárico. Y, más recientemente, el más querido y más votado de todos, Henri Falcón, de Lara, pintó una pájara pinta en el cielo de Barquisimeto, cerró la puerta y se marchó.

Lo mismo que hizo, más recientemente aún, Liborio Guarulla, el reelegido de Amazonas.

También se fueron yendo los militares. Lucas Rincón, el hombre de la renuncia misteriosa, desapareció para siempre. Guaicaipuro Lameda dejó las oficinas de la Presidencia de Pdvsa para lanzarse a las protestas antigobierno. También se alejó, indignado por el poder de los cubanos dentro de la institución armada, el general Antonio Rivero. Y, seguramente el caso más triste e ingrato de todos, se fue el general Raúl Baduel, el salvador del chavismo en 2002, ahora condenado a morir tras las rejas, a menos que «el Mandón» no logré cumplir el sueño de gobernar hasta 2030.

De quienes se fueron, hasta el presente, ninguno ha regresado. Salvo un hombre, cada vez más apocado y fantasmal llamado Francisco Arias Cárdenas, la excepción que justifica la regla. Pero el hombre de Miraflores no tiene duda alguna. Todos, todos sin excepción, incluida su ex esposa, sus ex amigos, sus ex compadres, sus ex amantes, sus compañeros de asonada, sus financistas, todos, son unos traidores, agentes de la CIA, lacayos de la oligarquía, gusanos de baja ralea que no se merecían su compañía. Nadie lo ha abandonado.

Es la revolución que se depura y se hace cada vez más pura y cristalina.

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