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opinión


El Universal / ND

Venezuela ahora es de todos

4 diciembre, 2010

El discurso chavista está lleno de paradojas, algunas monstruosas

Es un suceso histórico, inexplicablemente poco trajinado por la prensa. No se había visto en once largos años de hegemonía «bolivariana», y pese a su trascendencia ha pasado casi inadvertido. Es una revolución dentro de la «revolución», pero apenas ha sido objeto de comentarios. Se trata de la insólita decisión tomada hace poco por el Gobierno, de ayudar a los gobernadores de la oposición ante la arremetida de las lluvias. Primera vez desde el advenimiento del chavismo, que se anuncia un trabajo para el cual se apartan las diferencias políticas y las distancias partidarias con el objeto de iniciar una colaboración compartida en torno a las urgencias de la sociedad. Primera vez desde el inicio de la llamada «V República», que el Presidente se olvida de la clasificación que ha hecho de los venezolanos, para aceptarlos como parte de una única comunidad a la que debe responder sin ponerse a verificar las credenciales de bondad y maldad que ha establecido de antemano. ¿No es algo inusitado?

opinan los foristas

Bien común

Tal vez se haya borrado la memoria fundamental del siglo XX, a partir de 1958 y hasta el triunfo del presidente Chávez, que da cuenta de cómo entonces no hubo ningún tipo de miramientos, ningún tipo de reservas a la hora de mirar por el bien común. Fue así ante las vicisitudes de la rutina, pocas veces perturbada por la filiación partidista de la ciudadanía; y más, pero mucho más, a la hora de las necesidades perentorias. A nadie en aquella época que ha tenido mala prensa debido a las patrañas imperantes, se le ocurrió averiguar por quién habían votado los habitantes de una región, para enviar auxilio ante las arremetidas de la naturaleza. No había entonces la odiosa división de los venezolanos, la escandalosa clasificación entre patriotas y apátridas, que predomina en la actualidad. La solidaridad era un fenómeno automático que no dependía del catálogo redactado por el jefe del Estado para derramar, según el caso, el repertorio de las dádivas o para aplicar el alicate de oprobiosas negaciones. Del período de la democracia representativa no proviene ningún caso de discriminación, ni siquiera conductas de duda o retardo, cuando se trató de enfrentar una catástrofe como la que hoy nos conmueve. Quizá por eso, porque tal tipo de solidaridad era parte de la cotidianidad, sin alharacas ni licencias previas, se haya hoy confinado en una reminiscencia mínima.

Monstruosas

El discurso chavista está lleno de paradojas, algunas monstruosas. Llama a la inclusión y excluye a los ciudadanos que son objeto de su antipatía. Pregona el humanismo y, cada vez más, promueve situaciones inhumanas. Predica la justicia, mientras predominan y se multiplican situaciones de escandalosa inequidad. Repite el mensaje de la igualdad, mientras redacta una nomenclatura a través de la cual crea fueros, funda diferencias y preferencias de carácter regional, y establece un riguroso escalafón de los sujetos y los espacios que requieren la ayuda oficial. Habla de concordia, mientras se sustenta en la retórica del odio y de la confrontación. La diferencia entre las palabras y los hechos conduce así a una situación de perplejidad, pero especialmente de insatisfacción y de ansias reprimidas en torno a la cuales ni siquiera existe la alternativa de la conformidad. El hábito de las expresiones que chocan con el entorno para dejar, por lo menos, un talante de amargura y un sentimiento de creciente desencanto, se vuelve un machacar de decepciones y de ganas de pasar factura, a veces en términos irreflexivos y violentos, que no sugiere salidas capaces de encontrar atenuación.

Seguramente el Gobierno, a través de sus cacareadas salas situacionales, se haya percatado de los peligros que encierra tal conducta, y de la oportunidad que la dureza de una calamidad ofrece para una enmienda, antes de que las cosas pasen de castaño a oscuro. La naturaleza asoma la oportunidad de una corrección, de una primera congruencia entre lo que dice y lo que hace. De allí que estrene una mirada benévola hacia los votantes que se han opuesto a la «revolución». Pero la mudanza no hace sino poner en evidencia el horror de una manera de gobernar, el nefasto corolario de una política de preferencias y abandonos cuya huella no borrarán las tempestades, por contundentes que sean. Nos enteraremos de la profundidad de la mudanza cuando llegue la calma.

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