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opinión


El Universal / ND

Mi inseguro General en Jefe

21 noviembre, 2010

Cambiar un nombre por un título no ganado revela inseguridad

Hay quien haya dicho que el periodismo es lugar común remozado, y, si hemos de creer al director de Zeta. André Gide, que si todo esta dicho hay que repetirlo. Confiando pues en la memoria del lector y en la mía, y como detesto las vacaciones, aquí va un texto que si tiene mucho de refrito, no es mi culpa, sino de la repetición de un hecho.

opinan los foristas

Por su parte, decía Montaigne que de todos los títulos que pudiesen dársele, ninguno le gustaba más, ni le parecía más acorde con lo que él era y quería ser que el muy simple de su nombre, Michel de Montaigne. En general, eso podía verse como una burla a quienes, en la nobleza, hacían orgullosa gala de sus apellidos, de sus partículas, y si la memoria no me traiciona, a ellos se refería Voltaire diciendo que eran como las papas, que tenían lo mejor debajo de la tierra.

La Revolución Francesa acabó con esos miriñaques, pero la humana vanidad busca siempre poner sobre la cara simple y hasta fresca el colorete de algún título.

¡Commendatore!

Los italianos son campeones en eso: no existe un jubilado en Italia que no se haga llamar Commendatore, y en los meses que viví en una pensión romana, me divertía mucho ver cuán celosos eran los pensionistas de ser llamados por su título, Ragionieri, que quiere decir tan solo contabilista. Pero para no ir tan lejos, ¿no conocemos aquí tantos cumplidos imbéciles que firman al pie de todas sus cartas, «Dr. Fulano de Tal» como si el cura los hubiesen bautizado con el título? ¿No somos todos «doctores» para los limpiabotas que creen halagarnos con eso y hay quienes se lo toman en serio?

Todo lo anterior viene al caso porque recién me entero de que desde la Presidencia de la República se expidió hace algún tiempo la orden, a todos los miembros de la Fuerza Armada, para que al dirigirse al Primer Magistrado no digan «Sí, mi Presidente» sino «Sí, mi Comandante en Jefe». Esto podría no ser más que un detalle, un asunto de reglamentos, algo estrictamente interno de los hombres de cuartel.

Comencemos por lo más superficial, epidérmico: decir «¡Sí mi Comandante en Jefe!» no tiene nada de marcial: mucho más lo es, si a ver vamos, decir «¡Sí, mi Presidente!». Las voces militares tienden a ser más cortas, si posible monosilábicas.

Nada marcial

Se llegó a decir en Alemania que era una suerte de Adolfo Hitler y su movimiento que el tiranuelo austríaco hubiese adquirido por adopción ese su apellido, pues si empleaba el que le correspondía realmente usar, Schicklgruber, hubiese hecho imposible el saludo nazi: ¿se imagina uno a los SS y los SA gritando «¡Heil Schicklgruber!»?

Pero no es cosa de broma, o no lo es solo. Poner a la milicia que deba dirigirse al Presidente no como tal sino como «mi Comandante en Jefe» implica un importante cambio en las costumbres que había impuesto la democracia no desde el 23 de enero, sino desde la muerte de Juan Vicente Gómez. Los venezolanos, y entre ellos, por supuesto, los militares, nos habíamos ido acostumbrando a que quien nos gobernaba era el presidente de la República, no el general Tal o Cual, el comandante Zutano o Perencejo. Ahora se quiere dar un vuelco total, volviendo a personalizar el poder.

Orden de Cantinflas

Era una forma de optar en la famosa escogencia de Cantinflas: «hablar como caballeros o como lo que somos». Ahora se le da a su jefe hablarle a su jefe como lo que son: militares a quienes poco se les da que el mandato que han recibido por el voto popular y por las leyes sea un mandato civil. El próximo paso es que tampoco entre los civiles se hable del Sr. Presidente sino de «Mi comandante».

Y después de eso ¿pretenderán seguir negando que sea la militarización de Venezuela el objetivo último (y primero) de la Quinta República?

Hay un comentario final, que trasciende lo político y se adentra en el terreno de la psicología. Hasta el más barato de los manuales de esa disciplina lo dirá: cuando uno anda hartando a todo el mundo con sus títulos y exigiendo un tratamiento acorde con ellos, es que no anda muy seguro de lo que se exhibe y mucho menos del cuerpo desnudo que aquello cubre. Son las viejas solteronas que bordeando ya los ochenta, las que arman tremendos berrinches cuando alguien las trata de «señora»; y tienen a honor recordarle al descortés interlocutor que, a sus años, como decía la famosa guaracha, se están yendo con «cero hit, cero error, cero carreras». O quienes, descontentos con el nombre que les dio el cura prefirió, como decía el poeta Héctor Guillermo Villalobos, «el nombre infeliz que te puso el almanaque». Es toda la diferencia que hay entre la autórictas (así, en latín y subrayado) que ejercen los líderes históricos de un país, de un pueblo y de una época, y los simples gobernantes autoritarios o aspirantes a tales que quieren obligar a que se les respete porque, ese respeto, no lo provocan espontáneamente.

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