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opinión


El Universal / ND

Levantar y derrumbar estatuas

27 noviembre, 2010

Los senderos del personalismo son misteriosos

El general Francisco Linares Alcántara tenía clara la razón de su ascenso a la Presidencia de la República, sucedido en 1877: su fidelidad a Guzmán Blanco. Entendía a la perfección que la primera magistratura sólo dependía a medias de sus cualidades de caudillo, no en balde en la Venezuela de entonces las decisiones de envergadura dependían del Ilustre Americano. Resumía su convicción en una frase que gozó de amplia divulgación. Era, más o menos, como sigue: «Seguiré mandando mientras me ocupe de cuidar los muñecos del compadre».

opinan los foristas

A hablar de los «muñecos», llamaba la atención sobre las estatuas que había ordenado levantarse su líder político y pariente de sacramento. Dos estatuas de su persona, una ecuestre y otra pedestre, para que los viandantes observaran en su individualidad la encarnación de las glorias de la patria y la esencia del progreso del siglo. Dos estatuas escogidas directamente por quien quería verse de bronce con pedestal de mármol rodeado de ofrendas, semejantes al monumento de Bolívar que encargó para la antigua Plaza Mayor o para el futuro Panteón Nacional, pero también parecidas a otra que dispuso más tarde en la plaza de San Jacinto para su anciano padre, don Antonio Leocadio, quien debía hablar en el acto de develamiento y que debía estrenarse en la conmemoración del Centenario del Libertador. Todavía la de don Antonio Leocadio no formaba parte de las preocupaciones del mandatario de turno, quien sólo tenía clara su obligación con los «muñecos» del excelso hijo del venerable papá.

Tenía tan seguro el compromiso, que llegó a comentarlo con Vargas Vila. Le dijo que el entuerto de las estatuas del compadre era peor que el tema de la esclavitud que había abolido Monagas, porque Guzmán se moriría si algo o alguien las mancillaba, y porque él mismo y sus sucesores serían condenados al cadalso o al exilio vitalicio si dejaban de protegerlas. «Lo del compadre es una obsesión con esos muñecos, porque quiere que los mire la gente hasta el día del juicio final», dijo resignado a la misión de vigilar los bronces como vehículo para mantenerse en el poder, o para continuar su rol como favorito del señor de las estatuas. En breve reaccionó Linares Alcántara contra su compadre y resolvió fundar tienda aparte, como se sabe, pero siempre pensó en que podía distanciarse del patrocinador sin necesidad de tumbarle las figuras. Es evidente que jamás le pasó por la cabeza que el propio Guzmán resolviera la desaparición de los heroicos bultos, como podría tal vez suceder en una posteridad remota e insólita en la que el personalismo se arrepentiría de ser excesivamente personalista.

Pero, presionado por las cúpulas, Linares Alcántara no tuvo más remedio que desentenderse de los «muñecos». El Congreso eliminó el decreto de honores a Guzmán y dispuso la demolición de su estatuaria, sin que el compadre pudiera detenerlos. Para la reacción era fundamental un barrido de los testimonios de la anterior autocracia, que incluían numerosos retratos, anagramas, alegorías y cuadernillos de propaganda. Desde París, el agraviado actuó como llegó a imaginar su anterior subalterno y compañero de aventuras: acusó de perfidia a sus adversarios, a quienes amenazó con retarlos a mortal duelo por una cuestión de honor, cayó en cama, seriamente afectado por una amalgama de cólera y depresión; y llegó a exhibir muestras, si no de locura, cercanas a un evidente estado de insania que preocupó a los familiares y a los médicos. Se recuperó ante la noticia de la muerte inesperada de Linares Alcántara y ante el triunfo de ejércitos fieles, para ordenar de inmediato, saliendo apenas del lecho, la restitución de sus amadas y debatidas tallas.

Más todavía. Guzmán hizo circular un documento remitido a sus hijos en el cual incluía la nómina de los traidores que habían atentado contra sus imágenes, para los cuales pedía venganza como asunto concerniente a la dignidad de la familia. Tenía razón Linares Alcántara cuando calculaba la importancia que el compadre concedía a sus «muñecos». Tendría razón cualquiera, pues nadie puede imaginar cómo el mandón que erige sus propias estatuas esté dispuesto después a derrumbarlas. Puede suceder, sin embargo. Los senderos del personalismo son misteriosos. En el futuro pueden proporcionar la sorpresa de que el culto a quien lo detenta escoja rumbos tan inescrutables, que uno se devane los sesos sin encontrar la explicación de un altar sin la habitual representación de la deidad.

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