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opinión


El Universal / ND

El campeón solitario

6 noviembre, 2010

¿Cuáles son el remedio para la transitoriedad y la vitamina contra el decaimiento?

Lo ha repetido mucho en el pensamiento, en la palabra y en la obra, pero lo viene machacando más de la cuenta últimamente. La «revolución» llegó para quedarse y no hay poder humano capaz de evitar un hecho en torno al cual se ha combinado el orden de las cosas, o la férrea imposición de la realidad orientada hacia la meta de una suprema felicidad encabezada por quien insiste en proclamarla como fenómeno inevitable e imperecedero. Es como una especie de fin de la historia, según los pregones cada vez más habituales y estentóreos del presidente Chávez, si se entiende, de acuerdo con lo que sugiere, como el advenimiento de un proceso esperado desde el principio de los anales republicanos y establecido después de que la trama de la sociedad, cumplida una serie de retorcimientos a través del tiempo, siente que logró el cometido y ahora apenas ha de dedicarse a retocarlo, a cuidarlo y a disfrutarlo sin pensar en nuevos e indeseables desafíos.

opinan los foristas

Renuencia o rechazo

La insistencia no deja de ser curiosa, o más bien insólita, debido a que la exhibe justamente cuando la realidad señala lo contrario, cuando los destinatarios del mensaje muestran su renuencia o su rechazo cada vez más enfáticos a una «revolución» considerada por su artífice como puerto seguro y definitivo; cuando el entorno le quita asidero al discurso presidencial a través de manifestaciones cada vez más divorciadas de quien lo ha planteado como una especie de Evangelio cuyo dictamen no es sino decisión invariable del pueblo y, por consiguiente, petrificación acogida con beneplácito. Es tan grande la brecha que la sociedad ha abierto para distanciarse del discurso y de quien lo pronuncia, que el pontífice ha preferido reducirlo al estrecho espacio de las consignas, al terreno superficial de los clichés, mientras lo sustituye por la manifestación de una voluntad individual y todopoderosa que se convierte en aval de unos vocablos cada vez más baldíos. Pareciera que ni siquiera su plataforma partidaria, el PSUV, quizá convencida por los tirones del ambiente, comparta la noción de fenómeno irreversible anunciada por el líder, y prefiera diálogos provechosos y prácticos con los hombres que fabrican cada vez más escollos a una hegemonía que, pese a su vocación de permanencia, prodiga los testimonios de su decaimiento y de su transitoriedad.

¿Cuáles son el remedio para la transitoriedad y la vitamina contra el decaimiento? Solo la voluntad del Presidente. Con una clientela cada vez más menguada, el presidente Chávez pretende multiplicar seguidores mediante el imán de su persona. Con argumentos cada vez menos capaces de convencer, pretende que de la fuerza de su voluntad y del vigor que le imponga a su gobierno se perfeccione el reino de la «revolución». Medidas que no parecen nacidas de la meditación sino de sus agallas, decisiones a las cuales cuesta atribuir conexión con un plan analizado cabalmente, pálpitos en lugar de reflexiones, ensayos cuyo destino carece de asidero debido a su aislada procedencia, necesidad de venderse como el campeador de una hazaña amenazada por la perversidad. Doméstica y foránea… con tales elementos se quiere alzar en un pedestal de héroe olímpico de quien dependerá, aparte del destino del «proceso», la suerte de la sociedad.

Quiere ser el único

Nadie puede dudar de los apoyos que todavía mantiene y de los entusiasmos colectivos que lo animan, Sin embargo, nadie tampoco puede discutir sobre cómo quiere ser el único que lanza los dados en el tapete mientas se solaza, cada vez más, en el imperio de su voz monocorde; ni de cómo le gusta presentarse, aunque no sea verdad del todo, como exclusivo animador del guiñol que forman los funcionarios de los altos poderes del Estado; ni de la recurrencia de un repertorio de decisiones, como las que tomó en su reciente gira por el mundo y aquellas que desembuchó al nomás bajarse del avión. Difícilmente se pueden atribuir a los miembros de su equipo. Se advierten como la cosecha de una individual e improvisada labranza. Una «revolución» pensada como etapa superior y culminante de la historia de Venezuela no se puede sostener en un pilar tan flaco, por fortuna. Esa es la parte auspiciosa del asunto, pero conviene mirar hacia su lado oscuro: a la vez, el país se puede hundir en un insondable precipicio.

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