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opinión


El Universal / ND

Tres Vargas Llosas

17 octubre, 2010

Vargas Llosa o cómo se escribe una novela

Comenzaré estas notas con una confesión de originalidad: soy un lector consecuente de Mario Vargas Llosa. De modo que todo cuanto diga ya debe haber sido dicho. Me limitaré entonces a tres notas relativamente accesorias a su labor de narrador. Escogeré una novela que con independencia de su valor intrínseco, me permita entroncar con la segunda parte de este artículo. Hablaré de la Historia de Mayta, para un aspecto particular, que podría llamarse crítico o ensayístico. Aparte de su anécdota o de lo que la crítica ha llamado una amarga reflexión sobre los integrismos, es una lección de cómo se escribe una novela. No se trata de novela dentro de la novela, como en Les Faux Monnayeurs de André Gide, sino de cómo hacer una: en lo más cerrado de una plomazón, lo que en su momento llamamos «la insolencia profesoral» de Vargas Llosa detiene la narración para decirnos que estamos llegando al «nudo dramático» de su novela.

opinan los foristas

Euclides da Cunha

Pero hay algo más. Con La guerra del fin del mundo, Vargas Llosa nos había entregado otro de sus secretos a voces: la recreación de un texto existente, Os sertoes de Euclides da Cunha. Eso lo hacen todos los escritores, algunos al abierto, otros sin confesarlo (Vargas Llosa lo confiesa, y le dedica su libro). Los bobos podrían hablar de plagio. El propio Vargas Llosa lo ha dejado claro con su luminosidad característica: el plagio no es un problema moral sino artístico.

Pero el caso es que en la Historia de Mayta, Vargas Llosa va más lejos: reescribir aquella novela copiándose a sí mismo, y dar un texto nuevo volteándolo para el lado opuesto. Como lo escribimos en su momento, esta Historia de Mayta es una «izquierdo-peruanización» de La Guerra del fin del mundo. Antonio Conselheiro es beato, Alejandro Mayta es ateo, aunque en su niñez fue tan beato como el otro (hay aquí, para quien quiera verlo, el lazo de unión, y esto hace pensar, de paso, que no toda la transferencia es inconsciente).

El uno es flaco y pelilargo, el otro más bien tiende a ser rechoncho y pelicorto. Conselheiro dirige la más marginal de todas las revoluciones, con un incomprensible apoyo popular; Mayta dirige la más revolucionaria de todas las marginalidades, con un comprensible aislamiento del pueblo. El brasileño rechaza, y rechazando llega a construir una comunidad, un ejército y una esperanza. El peruano quiere en cambio construir y no llega ni siquiera a destruir el telégrafo de los ferrocarriles. El primero muere en toda su gloria, es decir, en su derrota. El segundo puede sobrevivirse a sí mismo hasta convertirse en heladero, padre de familia, desinteresado de la política y asqueado de los maricones. Pero es el mismo ser ansioso de absoluto, de totalidad.

Flaubert el fastidioso

El segundo Vargas Llosa que nos atrae y apasiona es el crítico. Como tal, el primero de todos es su libro La orgía perpetua, un análisis de Madame Bovary y más allá, de la obra de Flaubert. Confieso que lo tuve en mi mesa de noche durante muchos meses sin abrirlo: Flaubert me aburre soberanamente, y me gustaría poder decir como Borges que a los treinta años nunca la había leído. No diré que este libro es mejor que aquella novela, entre otras cosas porque nadie me creería. Pero su lectura me reveló mucho más: la vida de un escritor de verdad; cómo se enfrenta cada día, cada instante, al problema de la hoja en blanco. Pareciera que el propio Vargas Llosa no lo sufriera, siendo un escritor «de chorro continuo». Pero esto revela que eso no es así (todo texto, incluso de este tipo, tiene su pizca autobiográfica).

El mejor de sus libros

He tenido la suerte de que nadie me haya preguntado en estos días cuál me ha parecido el mejor libro del Premio Nobel: siempre me parece tal el último que leo. Infringiremos aquí esa regla, para hablar de La fiesta del chivo. Como historiador, diré que ése es casi un libro de historia. Se nota la intensa, profunda, sistemática, permanente investigación que precedió a su escritura. Casi todo lo que dice allí sucedió de verdad, verdad. Pero… aquí la palabra clave es casi: porque mientras el deber del historiador está en tratar de acercarse a la verdad, para el narrador el primer deber es alejarse de ella.

La tensión dramática

Aquellas características señaladas en las dos primeras partes de esta nota, están presentes aquí en todo su esplendor. En particular, lo que él mismo llamaba allá el «nudo dramático», y que en este caso preferimos llamar «clima de tensión dramática». Que, sabemos, es la muerte del Benefactor de la Patria, Corifeo de las Artes y las Letras, Presidente Constitucional de la República Dominicana y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, Doctor y General Rafael Leonidas Trujillo. Como todo el mundo, antes de abrir el volumen sabíamos que el tirano estaba bien muerto y enterrado desde hacía treinta años. Pero el clima de tensión dramática que Vargas Llosa le impone a su narración es tal, que varias veces nos sorprendimos adelantando la lectura del texto para ver si por fin mataban o no al tirano.

PD: Pretendíamos que estas notas fueran tres, mayormente literarias, pero eso es imposible, y menos con un personaje como el nuevo Premio Nobel. Es imposible no hacer referencia alguna a sus posiciones y la acción políticas.

Voy a referirme a una que me hizo aplaudir a rabiar entonces, pese a no simpatizarme su extremo liberalismo de la época. Lo considero el momento más alto y el más noble de su carrera política: logró lo que muy pocos, casar política y moral. En el momento de su más recia pelea con Fujimori por la Presidencia, sus partidarios gritaban frente éste: «¡Chino no, peruano sí!». Vargas Llosa se presentó en el balcón de su rival, al lado suyo, para dejar claro que Fujimori era tan peruano como él.

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