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opinión


El Universal / ND

Entre la ceguera y la esperanza

9 octubre, 2010

Todavía el PSUV y el mandón sienten que se están quitando los votos a sombrerazos

La noticia puede parecer irrelevante, pero refleja la conducta del mandón y del régimen en relación con las elecciones parlamentarias: en breve la Asamblea Nacional va a aprobar un nuevo Reglamento de Interior y Debates, informan los periódicos. Quizá convenga un retoque de la norma para que las discusiones sean más productivas, o para prolongar el tiempo de las reflexiones en aras de la libre expresión del pensamiento y de la seriedad de las propuestas; o para morigerar el carácter de la directora del cónclave quien, aún durante el desarrollo de monótonas sesiones en las cuales rara vez salta una liebre, no ahorra muestras de intolerancia e impaciencia. Esa puede ser una explicación de la anunciada reforma, pero también la urgencia de recibir a una flamante camada de diputados sin que los acólitos del gobierno se enteren de su compañía, sin que las cosas de la casa muden en su sustancia, sin que el hábito de la servidumbre se vea perturbado por los incómodos compañeros de un nuevo e indeseable viaje.

opinan los foristas

No se trata sino de silenciar sesenta y cinco voces. Peor todavía, de decirle a la sociedad que esas voces no existen, que no están allí dispuestas a hacerse escuchar o, en último caso, que son ecos fantasmales de un pasado que no volverá por disposición del mandón omnipotente. Cualquier excusa resultará buena para la misión de ignorar la peligrosa asistencia de los que vienen, no sólo porque piensan distinto sino también porque pueden revolver el cotarro con el mal ejemplo y, colmo de los macabros colmos, pueden hacer que el mal ejemplo cunda más allá de los salones del Capitolio cuando la gente caiga en cuenta de que la política debe cambiar sus contenidos y sus modos, como consecuencia del advenimiento de otros voceros en la altura de una tribuna cuyos usuarios han perdido el monopolio. Podrán manejar los argumentos más peregrinos para intentar la tarea cuesta arriba del ocultamiento de la realidad, pero no cejarán en el empeño. No extrañemos que sean capaces, por ejemplo, de hablar sobre los males producidos por los ruidos molestos, o sobre los riesgos acarreados por el daltonismo (todas estas excusas insólitas caben en el elenco de explicaciones de la «revolución»), porque el trabajo consiste en comunicarle al soberano que en Venezuela no ha pasado nada debido al simple hecho de que sesenta y cinco cargantes diputados forman parte de la nada.

La «revolución» es una cosa y la realidad otra. Para la «revolución», la realidad está escrita en un manual de rudimentos que la suplanta sin alternativa de variación. Lo que no aparece en el manual de rudimentos de la «revolución» no forma parte de lo que sucede fuera de los palotes barruntados en sus páginas. Sólo en casos de lamentable equivocación de los hombres y del entorno que mueve la voluntad de los hombres, puede suceder un accidente menor que, por fortuna y como indican las leyes de la dialéctica, no cambia la esencia de la realidad ni obliga a modificar los estereotipos del machacado manual. Sólo es cuestión de dejar el accidente en el hombrillo, mirándolo apenas de reojo, mientras la «revolución» continúa su marcha indetenible. El accidente no existe de veras, sino como manifestación de una vida tangencial e inconsistente frente a la cual no vale la pena detenerse. Pero cuando el manual de rudimentos lleva la firma de un mandón, la receta conduce de la miopía a la ceguera. Viene sazonada con la vanidad, las ínfulas, las agallas y los clichés de quien se ha sumido como profeta del mundo circundante y, por consiguiente, no acepta que las cosas marchen sino por el camino que su profecía ha anticipado.

Parece innecesario plantear a los diputados de la oposición la necesidad de que estén pendientes de esta aberrante sensación que mana del chavismo, capaz de contar con la audiencia de quienes se rinden ante una mentira repetida mil veces. Después de una brillante campaña no necesitan un consejero sabatino. Los diputados de la oposición son el testimonio de la realidad negada por la soberbia de quienes se sienten dueños absolutos del país. A la vez, esos diputados son la esperanza, concreta e innegable como un inmenso bloque de cemento, de que la realidad de veras cambie según el deseo de los millones de «fantasmas» que votamos por ellos. Sin embargo, no resulta ocioso recordarles que, a estas horas y mientras cocinan otro Reglamento de Debates en la Asamblea Nacional, todavía el PSUV y el mandón sienten que se están quitando los votos a sombrerazos.

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